Enrique Gorriarán

La fauna de los imperdonables

Recomponer el dañado entramado de confianzas políticas maltratadas, luego de las derrotas y de la diáspora de mediados de la década del setenta, para muchos de nosotros, pasaba por reagruparnos. Teníamos que tomar distancia, tanto de un entorno depresivo y paralizante, como de una clandestinidad mortalmente envenenada, para poder incorporarnos a nuevas luchas en ascenso, que desde nuestro imaginario eran la continuación de las propias en otro despliegue.

Recomponer el dañado entramado de confianzas políticas maltratadas, luego de las derrotas y de la diáspora de mediados de la década del setenta, para muchos de nosotros, pasaba por reagruparnos. Teníamos que tomar distancia, tanto de un entorno depresivo y paralizante, como de una clandestinidad mortalmente envenenada, para poder incorporarnos a nuevas luchas en ascenso, que desde nuestro imaginario eran la continuación de las propias en otro despliegue.

Esto de por sí no era poca cosa, comportaba una decisión política que definía una actitud: seguir poniendo “las bolas en la morsa”. Nos decidimos por sumarnos a los emergentes procesos insurreccionales de Centro América, los cuales asumíamos como la expresión más alta de la lucha de clases en aquellos países. La otra alternativa era replegarse en Europa, esperando las condiciones apropiadas para retornar a “la región”, término dilecto para entonces.

Fue en esas circunstancias que conocí a Enrique y al entonces pequeño núcleo de compañeros de su entorno más cercano, de los cuales no ha sobrevivido ninguno. Quizás por eso me corresponda a mí hoy escribir estas líneas, producto de algo así como un equívoco orden de prelación, determinado a dedo por la muerte.

Parece que luego de su desaparición física, ha cedido un poco la diarrea verbal de sus detractores, haciendo sentencia lo que decía la canción: “…en el recuerdo disfrazado de Santo.”

Entre aquellos que Enrique constituyó una úlcera en su mala conciencia, se popularizaron algunas supersticiones. Una de las dilectas era la “ausencia de formación teórica del Pelado”. Seguramente lo fuera para quienes consideran la teoría una especie de Banco de Prótesis Intelectual y no un conjunto ordenado y jerarquizado de conceptos que nos sirve para trasformar la realidad, como lo practicaba él. Enrique fue un hombre profundamente consustanciado por las novedades en el horizonte teórico y filosófico, pero nunca hacía gala ni uso innecesario de esas virtudes. Eso era así por dos características que lo constituían: el desprecio por la fatuidad y la arrogancia y porque parte de su naturaleza le hacían detestar la excesiva visibilidad. Paradójicamente, ese era uno de sus pecados: ser sencillo, al extremo de la arrogancia. Y para saber lo que pensaba, nada mejor que aquello de Engels: había que “mirarle las manos y no la cara”. Sin embargo, optaron por caricaturizar a un Gorriarán como “voluntarista y obcecado”, como si no tuviera el beneficio del pensamiento abstracto, sólo para denostarlo más fácilmente.

Haré sólo referencia a una anécdota que nos involucra y me significó una enseñanza aleccionadora. En una ocasión, luego de una operación con feliz desenlace para nuestros esfuerzos y mientras un Comandante nos prodigaba ditirambos desmedidos, Enrique me observaba con atención. Supongo que yo, a punto de recibir una cocarda de premio, como un campeón gran merino en la rural, estaba deslumbrado. Él me tocó varias veces en la pierna y, sacándome de mi estúpida banalidad, me dijo: “no creas nada”. Al culminar el ceremonioso acto, agregó: “no puede seducirte un éxito temporario, no creas nada de lo que dijeron, la suerte incide en esto, quizás dentro de poco te vaya mal y dirán muchas cosas malas de vos, tampoco te las creas”. Poco tiempo después comprobaría que el Pelado tenía razón.

Sobre las hipotéticas equivocaciones de Enrique, es necesario fijar el rasero que las juzgue. Estoy convencido de que la lucha revolucionaria, investida de lucha armada, es simultáneamente la expresión más lúcida y más terrible de la política; que al modificar en un sentido, o en otro, las relaciones de fuerzas previamente instaladas, tiene consecuencias inmediatas. Y es en estas condiciones que la lucha se expresa dolorosamente.

No obstante esto, debo afirmar que Enrique “cometió” un enorme error: ¡el de morirse en su momento de mayor lucidez, en un quiebre de la sociedad donde más que necesario, nos resultaba imprescindible! Y, en lo personal, de paso instalarme la certidumbre de la muerte propia y de que ya nada será igual.

_¡Y si después de tantas palabras
no sobrevive la palabra!
¡Si después del ala de los pájaros
no sobrevive el pájaro parado!
¡Más valdría, en verdad,
que se lo coman todo y acabemos!_

César Vallejo

Eduardo Lopez Mercao es Dirigente Nacional de la Federación Uruguaya de Cooperativas por Ayuda Mutua (FUCVAM)

Última modificación: 24 de septiembre de 2012 a las 10:49
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