Un ejemplo que perdura en el tiempo

Homenaje a 25 años del copamiento del cuartel de La Tablada

Al cumplirse 25 años del copamiento del cuartel de “La Tablada” lo reivindicamos como parte del proceso histórico en la lucha de nuestro pueblo por su liberación definitiva: nuestros compañeros y compañeras caídos nos acompañan día a día, no solo en nuestra memoria, como ilustre bronce, sino – y fundamentalmente – en nuestra práctica política cotidiana, donde nos cuestionan, nos empujan y nos guían. Es en ese sentido, que también los reconocemos como autores de esta historia que intentamos escribir.

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La Tablada expresa un grito ético contra el avance de los genocidas. Para que la patria viva, hombres y mujeres militantes del MTP sembraron con sus vidas la posibilidad de luchar en democracia por un país soberano, con justicia social, imbuido del más genuino espíritu latinoamericanista.

Por aquellos años, la amenaza carapintada acechaba al proceso democrático iniciado en 1983. Los militares volvían a arremeter contra la democracia. Mientras, la oposición justicialista, encabezada por Carlos Saúl Menem, conspiraba junto a los carapintadas, la clase política omisa se enfrascaba en la pasividad del miedo y el gobierno radical, acorralado, realizaba las más vergonzosas concesiones en contra de la voluntad popular (muestra son la ley de obediencia debida y el punto final). Una vez más se preparaban para cumplir con el mandato iniciado aquel 24 de marzo de 1976, que había quedado inconcluso, la entrega total del país a la hegemonía neoliberal a sangre y fuego.

El tiempo ha logrado aclarar algunos de los interrogantes sembrados en su mayoría por los propios servicios de inteligencia, por una lado para tergiversar los motivos que llevaron a nuestros compañeros a tomar tan dramática decisión, para aislarlos y aleccionar todos aquellos que intenten enfrentarse al poder, y por el otro, para encubrir las atroces violaciones a los derechos humanos perpetuadas en la recuperación del cuartel.Represión que incluyó la tortura, la ejecución de prisioneros, la desaparición de personas, la utilización de bombas de fósforo blanco, la vejación y mutilación de cadáveres. Fue una emblemática reproducción de cómo los personeros del poder responden al accionar del pueblo.

El 18 de noviembre de 1997, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA
(CIDH) condenó al Estado argentino por torturas, asesinato de prisioneros y desapariciones comprobadas. El gobierno, de Menem tenía un plazo de un mes para poner en marcha una investigación “imparcial y sancionar a los responsables”. Hoy esta condena sigue pesando sobre el Estado argentino y su repuesta sigue siendo la misma que en ese entonces: el silencio.

Sin embargo, los agentes difamadores jamás hicieron silencio. La clase política, algunos pseudo intelectuales, los medios de comunicación hegemónicos y sus personeros nunca dejaron de recriminar una “falta de autocrítica”, indagando sobre supuestos “motivos ocultos” de la acción, exigiendo “la verdad sobre La Tablada”. Es imposible, para estos sectores, que viven la política y la militancia como espacio de retribuciones materiales, creer que hombres y mujeres, parte de nuestro pueblo, tomaran esa implacable decisión. En ese marco, para los sectores de poder, La Tablada, continúa siendo símbolo de irracionalidad, que debe ser condenada permanentemente.

Desde ese lugar, nuestros compañeros fueron verdaderamente culpables. Fuimos y somos culpables de haber pensado y sentido que podíamos ser capaces de parar la embestida del poder militar y sus asociados, cambiando las reglas del juego de la democracia liberal a favor del pueblo.

Veinticinco años después, reafirmamos que nuestros compañeros fueron a parar un golpe. Y parar un golpe era revertir una situación de agobio institucional a favor de los sectores populares. Parar un golpe era acabar con la teoría de los dos demonios. Parar un golpe era que el gobierno entendiera que con concesiones íbamos de mal en peor, que cada vez era menor la capacidad de gobierno y la democracia cada vez más formal, o mejor dicho, más liberal. Parar un golpe era avanzar en un proceso de transformación profunda, para el cual – algunos pensábamos -, que estaban dadas las condiciones objetivas.

Una vez más, el justo homenaje a nuestros compañeros caídos nos impulsa a repensar, a reflexionar. Veinticinco años han pasado y varios gobiernos electos democráticamente, pero que es lo que perdura? Más allá de las mentiras y difamaciones, de los asesinatos, las torturas y la cárcel, perdura en el tiempo el decoro y la integridad de nuestros compañeros y compañeras. Perdura el recuerdo de nuestros hermanos caídos en la lucha contra el autoritarismo, como ejemplo a seguir de compromiso y ética revolucionaria. Perdura su entrega sin mezquindad ni especulaciones, “sin pedirle nada a nadie, sin exigir nada, sin explotar a nadie”. Perdura su
alegría en la lucha, sus sonrisas amplias hasta en los momentos más difíciles. Perdura la convicción de que nuestro pueblo y la Revolución valen la pena.

“Independientemente de cualquier difamación, todos ellos tienen asegurado el futuro en el corazón del pueblo. Porque cuando la verdad no se logra imponer entre los contemporáneos, es la trascendencia, que se revela en la historia quien siempre rescata las causas justas y a sus impulsores. Por eso la historia reivindica a Espartaco y no a los esclavistas; a Cristo y no a Judas; a Hidalgo y a Morelos y no a Iturbide o los colonialistas; a San Martín, Artigas o Bolívar y no a los invasores realistas; a Sandino y no a Somoza. Y la historia, y nuestro pueblo rescatará a los muertos, asesinados y desaparecidos en La Tablada y no a los nostálgicos del genocidio”. Enrique Gorriarán. Alegato ante la Cámara Federal de San Martín, 2 de julio de 1997.

Última modificación: 22 de enero de 2014 a las 09:01
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