Tal el nombre de uno de los mejores libros que he leído sobre los intentos revolucionarios en América Latina. Su autor es Carlos Ïmaz Gispert, ex dirigente del movimiento universitario en México, luego militante destacado en la izquierda de su país, y en este siglo notable autor de historias de vida que bucean tanto en el zapatismo mexicano cuanto en el proyecto de nuestro compañero Gorriarán dirigido a instalar una guerrilla rural en el norte argentino, y en el caso que nos ocupa de acompañar las aventuras militantes de un Tupamaro uruguayo que sale de las cloacas de Montevideo para aparecer en la guerrilla salvadoreña del Farabundo Martí de Liberación Nacional, en la revolución nicaragüense y en las cinematográficas andanzas de un grupo dedicado a expropiaciones bancarias para apoyar las siempre escasas finanzas de los mejores intentos centroamericanos.
El protagonista es un caso especial. Para empezar, porque oculta su nombre. Es lo que es, y no como se llama. Es lo que hace. Y lo que hace es acompañar los épicos proyectos de cambio que atravesaron dramáticamente la década del ’70 en América Latina, involucrándose en distintas experiencias revolucionarias, con la convicción de que todas ellas eran una y la misma.
No es lo habitual que el protagonista de la historia elija el anonimato. Llámesele como se le llame – necesidad de ser a través del nombre propio, ego, vanidad, infantilismo de lucirse, esas cosas que en general suelen afectarnos -, lo más frecuente es que quien cuenta su vida, especialmente cuando esa vida participa de lo mejor que hemos conocido, comience por decir: soy fulano. Como en aquella frase legendaria y probablemente inventada que se atribuye a Raúl Sendic: “Yo soy Rufo y no me entrego”.
Queda entonces el inmenso respeto hacia quien no viene a contar sus hechos para que lo feliciten, sino sólo a compartirlos con la esperanza de que en algo le puedan servir a las futuras camadas de irredentos.
Luego es especial por su capacidad conspirativa y combatiente. He sido parte de una organización de esas y sé de lo que hablo. Casi no he conocido cuadros militares tan completos. Experto en colocación y desactivación de minas, conocedor de virtudes y limitaciones de una gran cantidad de las armas existentes, informado sobre tácticas de combate, capacitado para hacer documentos falsos y para interceptar y decodificar mensajes del enemigo… y además de todo eso, culto. Asombrosamente culto según mi experiencia en filas revolucionarias. Es mala cosa hablar de uno cuando se está hablando de otro, pero vale cuando el hacerlo es testimonio. Los compañeros de esos años acostumbraban saber de marxismo, historia de las revoluciones, historia del propio país y a veces univer-sal, conocimientos de economía y filosofía en el mejor de los casos, se preparaban militar y políticamente. Clavados en lo suyo, algunos no tenían tiempo para hacerse de una cultura más amplia y general, otros eran obreros, campesinos, y la vida les había negado ese privilegio. Este yorugua, en cambio, conoce de literatura, filosofía, sicoanálisis. Entre combate y combate recita a César Vallejo, cita a García Márquez y a Confucio, discute sobre la deconstrucción de Derrida. Y sobre eso, una opinión: el militante que además de conocer lo específico de su oficio ha ensanchado su cerebro y su alma con los aportes de la cultura está mejor preparado para entender el mundo y modificarlo de la mejor manera.
La lectura de IRREDENTOS es apasionante. El submundo de las cloacas montevideanas en 1972, cuando para los Tupas todo era derrota; la guerra en un país diminuto como El Salvador, donde el enemigo siempre estaba cerca, detrás de la próxima colina, a cien metros emboscado en un monte; las operaciones especiales desde Nicaragua, algunas de ellas vinculadas a la determinación y el empuje de Enrique Pelado Gorriarán, las casi increíbles operaciones expropiatorias en bancos venezolanos y de otros países, yendo de pueblo en pueblo, con un equipo de combatientes experimen-tados y bien armados, capacitado para dominar en el momento a cualquier policía provinciana, pero obligados siempre a salir pitando porque distinto es el caso cuando llegan 200 hombres de refuerzo.
Épica pura. Pero mucho más que eso. La amistad que supera a la camaradería, el heroísmo de los combatientes revolucionarios contado sin estridencias ni declamaciones, el amor que aparece en todas partes, en toda empresa donde haya hombres y mujeres. La ternura conviviendo con el horror de las masacres cometidas por innobles, a menudo bestiales, ejércitos.
Finalmente, siempre hablando de lo especial del relato, ¿qué revolucionario cuenta que se masturbaba, fornicó con una cerda, por ahí se bebió una botella entera de ron?... Sin prejuicios, sin estatua, sin negar su humanidad en beneficio de tontas leyendas que ningún bien le hacen a las causas revolucionarias, el yorugua que se alzó con millones y millones de las “iglesias” (los bancos) de la burguesía, regresó a Montevideo como salió: con 60 dólares en el bolsillo.
El trabajo de Ímaz es excepcional. Logra lo que él y su protagonista se propusieron: transmitir con veracidad y humanidad la época y sus luchas en el subcontinente y la forja en la que tantos hombres y mujeres se superaron a sí mismos para escribir una (o más de 300) página(s) de nuestra mejor y más verdadera historia.
Ameno, intenso, necesario, Irredentos es un texto de cuya lectura no salimos iguales.
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